¡La gracia de masticar!
Siendo creativa con los alimentos que Él nos provee.
Hace una semana exactamente, sabía que era mi último día sin comer sólidos por los siguientes tres días. Me dije a mi misma: “Ah, fácil. He dejado de comer muchas cosas sin problema, esto será igual.”
Lo malo de ser muy optimista es que te puedes shockear. Vaya que esta vez sí me sobreestimé. Más allá de lo rico que es comer, aún más rico es el hecho de masticar y masticar. La comida líquida casi que no es comida, es agua que entra y se va. De lo último que quiero padecer como terrícola, es de no poder masticar. –conclusiones del primer día de dieta líquida-
El segundo día mi cuerpo se acostumbró más, los colores de mis platos líquidos eran verdes y cremas, tenían buen sabor, y ya no me daba contra el planeta cuando veía los chifles de fundas al pasar por la cocina.
El tercer día, ya no tenía derecho ni siquiera a la dieta líquida, mi cuerpo era un mar de agua y suero oral. No me quejé.
Tres días en los que aprendí que, si la mente nos juega en contra, siempre podemos darle órdenes más poderosas desde nuestro centro, el corazón. ¿Por qué? Este lindo ejercicio de dieta, no lo hice por simple experimentación, sino que tenía que vaciar mis intestinos para hacerme un examen. La intención de cumplir con esto para tener un buen examen, es por la naturaleza del amor hacia una misma, es decir que viene del corazón directo. ¡No hay más!
También, confirmé que nuestro maravilloso cuerpo es capaz de reservar energías de maneras que nos sorprenden. Solo hay que saber usarlas y confiar. No moriremos en el intento.
Al tercer día, después del examen, pensé que saldría como leona a masticar. Esa noche me tomé una sopita de espinaca y otras generosas verduritas. Sentí que había descubierto la capacidad indomable del cuerpo cuando pide comida, y la vi pasar frente a mis ojos, luego me regresó a ver de manera gentil, y me aplaudió.