Round 3

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Hoy, son casi 4 meses lejos de nuestra casa en Galápagos. Salimos el 21 de noviembre, un día antes del cumple de Byriton, llegamos a Quito a relajarnos y hacernos los comunes exámenes médicos de rutina.

No me imaginaba que mis vacaciones de dos semanas se convertirían en meses. Hoy les puedo contar, que han sido unos meses re intensos, explorando facetas de mi misma que no conocía: desde darme cuenta que las agujas ya no me dan miedo, hasta saber que, si puedo poner mi mente en estados de tranquilidad, que es bonito extrañar, y que cada día me quiero más.

La historia empezó con la cita a la ginecóloga y el primer eco que me hizo. Encontramos una “masa pélvica gigante” que tenía que ser extraída ya. Con esta noticia, me puse en modo automático, con el cuerpo aquí y la cabeza en cualquier otro lugar que no es aquí. Me imaginaba de todo, entendí también algunas cosas, pero sobre todo, tenía miedo. Ese miedo del malo, inexplicable, que me llegaba al corazón, a la cabeza, al estómago, mi rostro estaba tenso, y mi cuello se conectaba como palo de madera a mi espalda. Y me di cuenta que yo ya sabía que algo no estaba bien en mi cuerpo.

Me dije a mi misma, “Bueno, no puede ser tan malo. Hago deporte, como sano (según yo). Ya está, seguro es solo un mioma de esos que tenemos muchas mujeres.”

Me hicieron los estudios complementarios, y a la par nos pusimos en contacto con un cirujano oncólogo. Entendimos que extraer masas no es así nomás, y fue así que el 15 de diciembre ingresé a un quirófano por primera vez en mi vida. Días antes tuve que tomarme unos relajantes porque inevitablemente mi cuerpo un día amaneció totalmente tensionado de la espalda hacia el cuello.

Ese martes, estuvimos a las 6 am en el hospital, yo con una carga de adrenalina porque el día al fin había llegado y sea lo que sea, había empezado parte importante de mi proceso. Ya adentro en el quirófano, tuve una señal de Dios, un toque mágico que me dio más fuerza y confianza de que saldría bien. Una de las enfermeras, empezó a revisar mis venas en los brazos para ver cuál era la más guapa para ese gran catéter, -en mi brazo izquierdo tengo un tatuaje que dice “Yupaychani”-ella me dijo: “¿Qué significa?”, Yo le dije “Significa GRATITUD, en idioma quichua”. Este momento, para mí fue luz, confianza, amor. Sabía que saldría de esta.

Ese día, recuerdo haber contado hasta el número 7, cuando me dormí por dos horas. Desperté y tenía un reloj redondo hacia mi lado derecho. Llevé mis manos al vientre, y sentí la gasa cubriendo una gran parte de él. Había herida, lo que quería decir que talvez mi útero y ovarios no estaban más conmigo.

Ese día demostré ante los ojos de amor de mi familia, una mis grandes habilidades: Dormir.

Dormía porque estaba en paz, porque sabía que más allá del resultado de la biopsia que aún no lo teníamos, había dado un gran paso, y que estaba fuerte para sobrellevar todo. Ya no tenía miedo. Mi útero y ovarios siguen conmigo, y eso me da fuerzas.

No comí por tres días completos, lo que confirma el ignorado poder que llevamos dentro. Tenemos demasiada energía almacenada, que no la usamos, y que está ahí para mantenernos vivos, fuertes, resilientes, confiados en que eso que lo vemos como una montaña gigante difícil de caminar, es posible atravesarlo.

Me fui a casa al cuarto día, cuando al fin pude comer sólidos e ir al baño normalmente. Me sentía bien, aunque tenía que alejar todo chiflón de mi nariz para no estornudar, me dolía como no tenía idea ni yo misma.

Hoy, tres meses después, cierro otro ciclo de tratamiento. Muchas expectativas pasan frente a mí, y mi conciencia me dicta solo enfocarme en amarme, respetarme y escucharme.

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