Escribir en la máquina de escribir de mi mami
Recuerdo que me encantaba hojear las enciclopedias de biología, astronomía, botánica, ecología que tenemos en casa de mis papis y los usábamos para hacer las tareas. Sus fotos, textos y colores, el olor de las hojas era muy placentero.
Recuerdo lo lindo que era escoger un texto, un párrafo para reescribirlo en máquina de escribir. Me sentaba en el banco chiquito de madera y en la mesa de centro de la sala, instalaba la estación de escritura.
La máquina de escribir estaba siempre guardada en la puerta de abajo del mueble de la biblioteca, en su estuche negro de cuero.
Buscaba hojas libres, a veces usaba unas medias escritas. Toda hoja blanca con espacio libre me servía.
Sentada ahí, colocaba la hoja como alguna vez me enseño mi mami, sabía que algo todavía faltaba por ajustar, pero el principio de mantenía: el espacio de hoja blanca estaba ahí esperando que graben sobre ella el párrafo de enciclopedia de ese día.
El sonido de cada tecla era la gloria, se sentía que concretaba mi tarea en cada tecla con ese sonido de golpe sutil y concreto.
El olor a tinta en ciertas letras era mayor, y había letras que solo grababan su huella, mas ya no dejaban rastro de tinta. Parecía que la tinta ya mismo se terminaba, no sabía si podría conseguir más.
Mientras escribía, revisaba bien el párrafo y cada línea de él, asegurándome no saltarme ninguna palabra o puntuación. Las tildes eran importantes, en el libro todo estaba escrito perfectamente.
Mi mami hacia sus cosas, mi papi llegaba a media tarde, y me veían ahí sentada, escribiendo después de hacer los deberes de la escuela. Mi ñaño Javi ya no estaba en esos tiempos.
Seguía tecleando, y a veces use corrector algunas letras o palabras. El olor del corrector era más fuerte que el de la tinta.
Y seguía tecleando, y me daba gusto ver como el espacio blanco perdía su lugar, y las letras seguían apropiándose de la bondadosa hoja, talvez ya usada antes.
A veces, al correr los espacios para saltar a la siguiente línea, hacían que la hoja se mueva, yo seguía escribiendo, y la hoja descuadrada seguía siendo generosa, dándome espacio para transcribir el párrafo.
Tecleaba más, y mis dedos estaban un poco rojos y me dolían algo. Ya podía teclear letra por letra más rápido, ya me acordaba la posición de cada letra en el teclado. Mis dedos índices comandaban en el teclado, y mi vista comandaban lo que escribía en la hoja blanca y lo que leía en la enciclopedia.
Siempre amé las letras, siempre valoré el saber usar bien la ortografía y las puntuaciones.
Siempre amé escribir y ahora también.